La piedra del cielo

Una mañana de Abril ocurrió un hecho insólto: cayó una piedra del cielo. Pero no solo cayó, sino que se rompió en un millón coma mil coma cientos de pedacitos, que se desperdigaron cual lluvia por todo el planeta. Yo encontré una cuando estaba esperando en la parada del ómnibus para ir al trabajo. Era transparente y luminosa, y al contacto con las manos cambiaba de color, pasando de tonos claros amarillentos a verdosos, luego azules y rojos, y por último, emitía luz blanca. La coloqué en mi bolsillo y comencé a sentir un mareo, mi mente se enlentecía, y me embargaba una agradable sensación de que todo parecía cobrar sentido, vibrar en una total y completa armonía.

Las palomas que picoteaban la vereda buscando comida, eran hermosas aves que nos acompañaban en nuestra espera. Los árboles eran gigantes humildes, que movían sus ramas saludándonos. Y el ómnibus era un amigo interesado en llevarnos adonde quisiéramos, sin esperar nada a cambio. Mis compañeros de parada seguramente sentían lo mismo a juzgar por sus rostros de asombro.

Caminé media cuadra y vi que habían mas piedras, y niños que iban a la escuela también las recogían, se quedaban observándolas, mientras sus madres los tironeaban de los brazos. Las nubes en el cielo comenzaron a dispersarse, y me pregunté si no era una estupenda mañana para pasear por la playa, hacía tanto que no lo hacía.

En el trabajo no conté nada, por temor a ser tomada por loca. Luego al volver a casa prendí la tele para ver el informativo, una nota contaba el extraño caso de las piedras luminosas, buscando una explicación científica, decía que un meteorito había caído en un punto de la tierra, y que por el índice de masa de su tipo de materia, al chocar con la atmósfera se había partido en innumerables trocitos, que habían regado casi toda la faz de la tierra.

Según contaban no eran peligrosas, pero convenía no mirarlas demasiado, pues se habían dado casos de estados alucinatorios. Gente que decía ver un bosque encantado al pasear por el Parque de los Aliados, o que veía una isla paradisíaca al observar la Isla de las Gaviotas… en fin casos aislados, pero que no debían tomarse a la ligera.

Al segundo día fui nuevamente a la parada del ómnibus y vi mas piedras, tomé otra, la observé, vi su transparencia, su gama de colores, rojos, azules y amarillos, su brillo, me hacía sentir liviana, me transportaba por el aire a donde yo quería. Daría una vuelta por alguna parte, el cielo estaba despejado, el parque era una excelente opción. Llegué en pocos minutos y vi personas observando sus piedras, algunos estaban suspendidos en el aire, otros sentados o recostados en el pasto. Me recosté, el pasto estaba limpio, seco y radiante, como nunca lo había visto antes.

En la noche prendí la tele, en el informativo aparecían directores de fábricas y empresas preocupados por la ausencia de gran parte de su personal. Decían que la maldita piedra del cielo estaba causando alucinaciones en la gente, que no acudía a cumplir con sus obligaciones. Luego apareció un siquiatra que decía que no observáramos la piedra, pues podríamos caer en estados de pérdida de conciencia y muerte súbita. Luego aparecía el testimonio de un ama de casa, que contaba como había dejado sin hacer la tarea por ensimismarse en la piedra, y que había decidido tirarla lejos, y prohibir a sus hijos que las observaran.

Al día siguiente volví a la parada del ómnibus, era el tercer día desde que la piedra había caído. Me encontré con menos gente en la parada. Aún se veían piedras en el suelo, la gente que las veía las recogía. Algunos por simple curiosidad, otros para comercializarlas como una especie inusual de droga alucinatoria, como habían oído en el informativo. Aún llevaba mi piedra en el bolsillo, pensé que no estaría demás observarla nuevamente. Esta vez vi un campo florido, hermosas violetas eran acariciadas por la suave brisa del campo. El lugar no parecía estar lejos, así que decidí ir hasta allí. Solo levanté mis pies y me dejé guiar por mi instinto. Al llegar vi a otros viajando por el aire, descansando en la hierba, o recorriendo el lugar.

Por la noche al prender la tele encontré mas novedades, aparecía la intendenta de la ciudad avisando que las calles serían finalmente limpiadas de la piedra del cielo, y solicitando a quienes tuvieran alguna en su poder, que la dejaran en un contenedor especialmente creado para tal fin. Las piedras serían destruidas para impedir que la gente inocente quedara trastornada viendo alucinaciones y no pudiera cumplir con sus obligaciones. También aparecían mas testimonios de jefes y encargados que se quejaban de que la piedra estaba arruinando su negocio, ya que el personal no iba a trabajar. Uno de ellos aparecía tomando una piedra y rompiéndola violentamente en mil pedazos con la ayuda de un martillo.

Al llegar el cuarto día, acudi a la parada del ómnibus como de costumbre, y me propuse no observar mi piedra. Vi como aún quedaban un par de piedritas en el suelo, a pesar de los intentos del municipio de limpiar la ciudad de ellas. Me dio pena y las tomé, guardándolas en mi bolsillo. Vi como algunos niños volaban por el aire con sus mochilas a cuestas, y como sus madres les inflingían improperios para que bajaran y entraran a la escuela. Acudí temprano al trabajo, vi como menos de la mitad se había presentado a trabajar. Ya no era novedad el asunto, así que pregunté si alguien había observado la piedra. De los que estaban, solo yo la había observado, el resto simplemente no estaba. Confesé que la había observado, y que tenía dos guardadas. Alguien me pidió una, diciendo que la observaría a la hora de la salida.

Luego, en el informativo de la noche, aparecía el presidente mismo con el rostro abarcando toda la pantalla, advirtiendo seriamente que quien se encontrara en la vía pública observando la piedra, sería privado de su libertad y puesto en observación por un comité científico. Que basta de piedrecitas del cielo, a trabajar y cumplir con las obligaciones, que ya somos grandes para andar imaginando tonterías. Le seguía una nota centífica que mencionaba la presencia de rayos alfa, gama, beta, omega y delta, en proporción nunca antes vista por el ojo humano, que pretendía explicar los efectos por todos conocidos, y que ponían los pelos de punta a las autoridades.

Al quinto día, al salir de mi casa para la parada del ómnibus, solo vi personas volando, nadie estaba ya en la parada. Los supermercados estaban abiertos pero no había personal para atenderlos. Me dio sed así que entré y tomé un jugo. Intercambié unas palabras con un desconocido, me recomendó frotar la piedra con seda natural, y luego observarla. Según el el efecto era superior. Volví a la calle y vi algo maravilloso: era una nueva lluvia de piedras, caían suavemente sobre el pavimento, cual plumas sobre la hierba.

Tomé una, la observé, se veía un arcoiris completo, amarillo, verde, azul y rojo, vi una aureola de luz saliendo de ella. Sentí que la luz me invadía y me elevaba. En lo alto pude ver mi barrio, mas arriba la ciudad, mas arriba aún las nubes, y luego, de manera que casi no puedo creerlo, pude ver al planeta entero, sus continentes y sus océanos. No sé que pasarán en el informativo de hoy, tengo mucho por recorrer antes de volver a casa.

***

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4 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. Félix
    Jun 02, 2014 @ 10:28:30

    Increible historia creada por tu inmensa imaginacion. Me ha gustado leerla. Ahora qusiera pedirte algo. No deberias haber hecho publica esta entrada, entiende que todos terminaran como tu… No se lo digas a nadie, pero por favor enviame una de tus piedritas. Gracias

    Responder

    • una terricola
      Jun 03, 2014 @ 22:42:47

      Primero que nada gracias por comentar :); segundo me alegra mucho que te llame la atención; tercero jeje si es así como dices, el universo se poblaría de humanos… que gran incognita ¿no?; y cuarto, luego te las envìo en un paquetito 🙂

      Responder

  2. una terricola
    Jun 03, 2014 @ 23:00:23

    gracias, que incognita 🙂

    Responder

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