La medida del amor

Aquella tarde había citado a Pablo como de costumbre, en el lugar y la hora de siempre, pero sin embargo mi ánimo no era el de siempre. Hacía unas semanas que había conocido al verdadero Pablo, y me había dado cuenta que era demasiado para mi, una simple mujer del montón, no hecha a la intelectualidad, mas bien de bajo perfil y moral… Mientras él tan perfecto… novel escritor, políglota, buen padre… en fin, sentía que era demasiado bueno para mi. Y esa tarde debía terminar nuestra breve historia. Que cómo, que porqué, expuse lo mejor que pude mis razones, y me quedé en el viejo café hasta tarde, como de costumbre, con la sensación de haber hecho lo correcto.

Entre café y café y viejos temas de Sabina, me retrotraía a historias pasadas, personajes en mi corta vida, que me habían enseñado mucho, como Juan, con su sonrisa espléndida, su sagacidad y su contagioso vigor y entrega. Porque fue que terminamos? … ah, ídem, sus conversaciones hasta tarde donde la filosofía se mezclaba con el universo interior y la cocina vegana, me llevaron a creer que era demasiado para mi… que su universo y el mío no tenían mucho que ver cuando nos separábamos y cada cual se enfrentaba al universo que le había tocado en suerte…

Y tenemos también a Pedro, no olvidemos a Pedro, nuestro itinerante amigo que con solo una mochila colgada a la espalda se recorría el mundo, sin necesitar mas que de un abrazo para sentirse bien. Que fue lo que pasó con el? Pensemos… no hace tanto… María, … creo que luego de encuentros y desencuentros, y charlas enmarcadas por marchas y reuniones revolucionarias, pensaste qué puede ofrecerle una simple mortal como vos a alguien que osa cambiar el mundo con una simple actitud? Vos, una simple mortal como él, pero sin perspectivas mas que subsistir, resistir, sobrevivir… Y así lo dejaste ir por donde vino, con las palabras que sabés bien pronunciar… “sos demasiado para mi…”.

Luego de esos recuerdos, mi ánimo mejoró al escuchar un viejo tango que hablaba de amor, del amor eterno, de ese amor que no se busca, que se encuentra a la vera del camino, en un simple cruce de luces del alma, y luego nada vuelve a ser lo mismo… y entonces pensé… a mi eso no me ha pasado, cuando habré de sentir algo así? y cuando sentiré también que merezco a alguien especial en mi vida? Mi adolescencia ha pasado, mi vida se ha vuelto una carga desde que me marché de mi último hogar… afortunadamente recuerdo poco y nada de mi ayer.

Me di cuenta que se hacía tarde y debía ir a trabajar, así que me estaba por retirar del café, cuando vi una escena extraña por la ventana a la calle. Se había formado un tumulto en torno a un individuo al parecer inocuo, pues solo hablaba pacíficamente a la multitud. Quien era y que interés despertaba en la gente? Me llevó un tiempo acercarme para poder ver su rostro, una mirada tranquila, confiada y directa. Pregunté su nombre, me contestaron, es el salvador, es el elegido, es el pro-hombre… Yo quedé subyugada, no entendía esos términos, y aunque me explicaban, solo me quedó la idea de que era alguien excepcionalmente bueno, tal vez con eso baste, pensé. Me pregunté de donde habría venido alguien así en este mundo de plástico, de adoquines y de humo, y seguí rumbo a mi esquina, a un par de cuadras del café. Me situé en mi lugar de siempre, saludé a mis compañeras de trabajo, y comencé mi jornada, mañana será otro día para pensar en el amor, pensé…

Al día siguiente cuando salí en mi rutina diaria a comprar el pan, pasado ya el mediodía, me pareció escuchar una voz melodiosa, y al observar la calle vi que era el tal salvador, que dialogaba con los cuida-coches de la calle, ya eran unos diez sujetos los que le escuchaban. Terminé mi compra y no resistí acercarme, cuando estuve delante de él sentí un aroma a jazmines, a rosas, a mar calmo, me sentí transportada a otro sitio, sus ojos verdes me observaron detenidamente y casi me quitan la respiración. Desperté con sus palabras, “Quién eres?” me preguntó, “soy María, María Magdalena, vivo por aquí cerca y…”. “Si, te he visto pasar”, me dijo con una sonrisa. “Y tú quién eres” le pregunté esperando calmar mi curiosidad, al momento que vi que los muchachos se abrían de a poco volviendo a lo suyo. “Soy un simple carpintero, vengo de lejos brindando un mensaje de amor a todos quienes me quieran oír”, contestó. “Si tenés un momento te invito con un café y me contás más”, le propuse. “Sí, acepto”, contestó, y nos dirigimos al viejo café, luego de acompañarme a que dejara la bolsa de las compras en mi casa.

Nos sentamos y charlamos de todo un poco, del calor, del frío, de la soledad, de recetas de pan, y en fin, de cosas pequeñas y grandes, me contó de su vocación de servidor de Dios, de sus planes, de sus amigos. Y convenimos en encontrarnos cada día a la misma hora de la tardecita en el mismo café, y compartir un rato de agradable charla, sin cuestionarnos nuestros modos de vida.

Luego de una y otra semana, sentía que las charlas nutrían mi alma más que el pan de cada día, y llegó un día en que luego de terminar de contarnos nuestras alegrías y tristezas de carne y hueso, en el viejo café y sin darnos cuenta, con el trasfondo de una melodía de arrabal, nuestros rostros se acercaron peligrosa, armoniosa e inevitablemente, y se unieron para formar uno solo. Y es desde esa tarde que mi vida ha cambiado, no soy la misma, aunque pretenda seguir siéndolo, ya no lo soy. Qué me ha pasado?, donde terminará esta historia? Eran las preguntas que acudían a mi mente, junto a otra inevitable… merezco yo a Salvador, si es que ese es su nombre?

Envuelta en esos pensamientos, dejé de asistir a nuestras citas por tres días, y cuando pasé nuevamente por el viejo café, preguntándome qué pretendía con eso, entré y no lo vi tampoco, y mi alma se desmoronó, y ahí supe que estaba metida hasta el cuello en esta historia… Me senté y pedí lo de siempre, un café de las siete, que era como yo llamaba a la bebida que el cafetero me preparaba con la cantidad exacta de café, leche y licor que a mi me gustaba. Cuando me lo sirvió le pregunté si había visto a Salvador. “A quién?, a tu amigo? no aquí, sino en la plaza, tal vez aún lo encuentres allí.”. Y sorbí rápidamente mi café y salí a su encuentro con la mirada expectante y un nudo en la garganta.

Cuando llegué a la plaza lo vi hablando a docenas de personas, sobre el amor, el corazón, la apertura, pensé que tal vez el escondía algo, algo grande, que él no era un simple carpintero como me había contado. Esperé a que la gente se dispersara lentamente, y quedó él con sus amigos, cuando me vio, sus amigos se marcharon, y quedamos solos. “Hola, he extrañado tu presencia”, me dijo. “También yo”, contesté, sentí que tomaba mi mano con dulzura y bajé la cabeza. “Qué te pasa?” me preguntó. “Yo… bueno… quiero saber quién eres tu, no creo que seas solo un simple carpintero… siento que eres algo más, algo que … no llego a comprender…”. “Caminemos hacia el mar” me dijo, y tomamos el caminito hacia la rambla.

Al llegar a la rambla nos sentamos en unas rocas y aspiramos la fresca y placentera brisa marina, oyendo el singular e inconfundible romper de las olas. “He escuchado por ahí que un enviado del mismo Dios está por llegar…”, le dije, y me contestó, “Y tu crees en Dios?”, “Temo que sea Dios quien no crea en mi…” le contesté y bajé la cabeza. El en vez de responderme algo, tomó mi rostro entre sus manos, solo su mirada inundaba mi mente, y entonces una idea surgió de la nada, y si fuera el el mismísimo enviado de Dios? el propio Salvador de la humanidad?…

El solo pensarlo era demasiado para mi, me abrumaba de sentimientos contradictorios, mientras el solo me observaba, en calma, en silencio, como si las palabras sobraran, ante ese reencuentro tan esperado por ambos. “Quieres saber quien soy?” me preguntó. “Acaso eres el mismísimo Salvador, como te llamaban cuando te vi por primera vez?” “Sí, lo soy.” contestó con la sencillez de un verdadero maestro de maestros. Las palabras sobraban, y solo nos abrazamos en silencio, hasta que la luz de la luna inundó completamente nuestros rostros, y entonces nos retiramos a descansar. Mañana será un nuevo día, y habrá tiempo para pensar en el amor…

***

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