El mendigo de la plaza de los Treinta y Tres

Una cálida tarde de Abril, hallábame sentada en un viejo banco de la plaza de los Treinta y Tres, haciendo tiempo para volver a casa luego de mi habitual caminata, cuando vi cerca a un veterano de aspecto ruinoso que se acercó a pedirme fuego. Mi primera actitud fue decirle que no tenía, pero como insistió, mi cortesía me impidió negarme, y busqué en mi bolsillo. Creyendo que eso era todo, esperé a que se retirara. Sin embargo no se fue, sino que por el contrario, tomó asiento a mi lado.

– Dime ¿qué hace una joven sentada sola a estas horas? – me preguntó luego de aspirar ruidosamente su cigarro.

– Nada, solo descansando un poco.. – contesté.

– Ahá, entiendo..

– …

– La vida a veces me desconcierta, a ti no? – preguntó.

– Depende, si te refieres al clima en Uruguay, seguro que sí.. y tu debes saberlo mejor que yo, no es así?

– Estás en lo cierto. – contestó, mostrando unos ojos azules penetrantes, que observaban detrás de unos viejos lentes, los cuales contrastaban con su aspecto de mendigo. Su cabellera lucía enmarañada y era de un tono plateado “en su juventud debió ser un tipo atractivo” pensé.

– ¿Hace mucho que vives en la calle?

– Sí, hace mucho. – contestó mirando a lo lejos, entonces busqué una moneda para darle pensando ya en retirarme, pero me dijo:

– Dinero, dinero.. hay algo más en que piense la gente que en sucios papeles pintados de verde?

– No lo sé, supongo que el dinero nos ayuda, aunque no es todo, claro… – balbucee.

– Así es, ayuda, pero a su manera, no a la nuestra..

– ¿Como es eso?

– Verás, el dinero puede hacerte poderoso, o puede asimismo destruirte, prácticamente sin que te des cuenta.

– Bueno, la vida tiene sus idas y sus vueltas, no es así?

– La vida.. ¿que es la vida, realidad o ilusión? – dijo tomando mi moneda y lanzándola hacia arriba. – Cara o cruz? – preguntó.

– Cara – contesté.

– Pues acertaste.. – me dijo mostrándome la cara de la moneda – a veces la vida es tan real como una tarde de Abril en buena compañía. – y atisbó a ofrecerme una sonrisa.

– Gracias, por la apreciación, si bien no me considero tan buena compañía – contesté devolviéndole la sonrisa.

– La modestia es una de nuestras armas de protección más comunes. – manifestó – Pero volvamos a la vida, esa primera actriz de telenovela del momento, qué es para ti la vida? – preguntó.

– … Pues no me lo he preguntado.. supongo que una serie de acontecimientos, algunos más importantes que otros, con un argumento o guión en común, y un orden que les dá sentido..

– Coincido contigo, lo que da el toque de realidad a la vida, es precisamente un guión, un orden original de sucesos, algunos deseados mientras que otros no tanto.

 Observé mi reloj y pensé si no sería ya hora de volver a casa, “si bien la charla parece interesante, no conozco a este sujeto” pensé.

– Creo que se me hace tarde… – manifesté y comencé a pararme.

– Es tarde para lo bueno, y temprano para lo malo, no es así? … pues este mundo moderno no tiene remedio..

– …

– Qué quieres decir con eso? oye, no te conozco, acaso me quieres manipular? quién eres en realidad?

– Volvemos a la realidad, quién soy en realidad? pues, soy alguien que ha vivido más que tu, y que quisiera contar con tu compañía, solo un par de minutos más.

– … Ok – contesté, sin saber bien porqué.

– El guión de la vida, lo que le da el toque real a las cosas, qué sabes de el? – preguntó.

– Sé que si hacemos el bien, nos irá bien, y por el contrario, las malas acciones nos llevarán, más tarde o más temprano, por mal camino.

– Acertado, y quieres saber algo más?

– Sí, te escucho – contesté convencida de que solo así me dejaría finalmente en paz.

– Bien, como sabrás apreciar, muchos años son los que cargo en mi mochila, y hoy estoy aquí, con una historia que contar:

 “Era yo un joven de tu edad, cuando servía como encargado de mantenimiento en el viejo teatro El Tinglado. Las cosas no eran fáciles, pero me las arreglaba para vivir el día a día. Las obras pasaban, los directores, los actores, los guionistas, mientras año tras año el teatro brindaba entretenimiento y sembraba reflexión en el vasto público que asistía a sus funciones.

 Hasta que llegó un día en que una original obra aterrizó en el teatro, movilizando a decenas de actores primarios, secundarios, escenógrafos, coreógrafos, maquilladores, vestuaristas, y utileros. El director de la obra estaba muy entusiasmado con la idea del guión, y no se cansaba de decir “Esta es la obra del año, el viejo Tinglado pasará a la historia, recuerden mis palabras, compañeros, recuerden.”.

 Yo prestaba atención a todo, buscando tener todo dispuesto siempre, para colaborar con tanta expectativa, y dar mi mejor aporte, tal vez humilde, pero un aporte al fin y al cabo. Recuerdo que pocas veces el guionista se aparecía por el teatro, y cuando lo hacía coincidía con mi receso, así que no tuve oportunidad de conocerlo, solo me enteré escuchando por ahí, que era alguien inusual, vestía de negro y era poco comunicativo, un tipo introvertido y enigmático, era como lo pintaban quienes decían haberle visto alguna vez. Sin dudas su creatividad era lo que le infundía dotes de ser humano, lo que lo hacía un tipo creíble, seguramente.

 Recuerdo cuando una tarde tomé un volante que había en la boletería y lo llevé a mi casa, quería conocer la historia, así que comencé a leer. Se trataba de una obra improvisada, que comenzaba en una plaza, con dos extraños que se conocían en ese momento, y que se definía por la voluntad de los actores en inventar una historia, y dejarse llevar hasta que llegaba la hora del final de la función. La improvisación no era algo muy común en los teatros de aquella época, sin dudas el guionista habría expuesto muy bien su idea, como para generar tanta aceptación y expectativa en el cuerpo teatral de aquel entonces, fue lo que pensé.

 Me preguntaba como seguía la obra de un día para el otro, ya que se trataba de una obra en tres actos, durante tres días consecutivos respectivamente. Así que le pregunté a un amigo que trabajaba de utilero, y me contestó que al parecer, el guionista se quedaba al final de la obra, para escribir el argumento del día siguiente, en base a la historia vivida por los personajes de esa función. Y lo mismo al día siguiente, con lo cual cada función comenzaba con un argumento preestablecido, y luego los personajes encarnados por los actores, se encargaban de completar la función, llevados por su imaginación interactiva.

 Así fue que durante los tres días que se presentó la obra, la historia del original guión fue contada en tiempo real, con gran éxito de taquilla. Luego, pasado el tercer día, levantado todo el escenario, guardado el vestuario, y puesto todo en su lugar, sentí que mi tarea estaba cumplida y me fui a mi casa a descansar, satisfecho, luego de tres días agotadores. Y fue esa misma noche, cuando tuve un sueño inusual: veía de lejos la última fila del teatro, y un sujeto vestido de negro sentado, con un cuaderno en sus manos, su rostro pensativo, mientras las palabras brotaban continuamente en su hoja en blanco. Yo me acercaba para ver su rostro, pero a medida que eso ocurría, el lugar se ensombrecía, y luego desperté, sin poder ver su rostro.

 Para mi sorpresa, a la noche siguiente, volví a tener la misma visión, un rostro a lo lejos, mirando al escenario vacío, y en cuanto mi curiosidad me llevó a enfrentarlo, la escena se comenzó a desmigajar en pequeños trozos, hasta que me desperté, con la pregunta en mi boca: “¿quién es él?”.

 La tercera jornada, me propuse averiguar algo del guionista, ya que asumía que era su misterio lo que me quitaba el sueño, así que le pregunté directamente al director del teatro, de donde era el guionista de la reciente obra, y si tenían en mente algún nuevo proyecto teatral. Y cual fue mi sorpresa cuando me contestó que no había tal guionista, que se trataba de una obra propuesta por un grupo de actores que usaban la improvisación como método creativo y experimental.

– Cómo? – pregunté estupefacto – ¿Y el sujeto vestido de negro que daba el preámbulo argumental para la obra? Yo no lo vi en persona, pero figuraba en el volante que tomé de la boletería ayer.

– Ah, claro, te refieres a John Pulgarin, no es cierto? – me contestó con una sonrisa.

– Sí, claro, el que figura como guionista.

– Pues temo confesarte que él no existe, amigo. La razón por la que agregamos su nombre, es porque el público quiere saber siempre esos detalles, pero en este caso, no hubo tal persona.

– … Ok, entiendo … eh… aprovecho para felicitarte por el éxito de la obra. – contesté cambiando de tema, no queriendo pasar por tonto.

– Gracias Juan, aprovecho para agradecerte tu valiosa colaboración en estos tres ajetreados días. – me contestó y se retiró a su despacho.

Esa noche, me costó conciliar el sueño. Pensaba que una vez que supiera que ese sujeto no existía, el sueño de los días anteriores quedaría resuelto. “John Pulgarin”, ese nombre se repetía en mi mente, como una especie de clave de una trama que debía conocer, llegado el momento. Creí que esa noche era decisiva, pues mis sueños sellarían por fin la historia del supuesto guionista, y pronto me olvidaría del tema.

 A la madrugada desperté sobresaltado, John detenía su escritura y levantaba la mirada, yo me acercaba, pretendía conocer finalmente su rostro, saber quién era de una vez por todas, cuando lo pude retener unas milésimas de segundo: él parecía tener mi rostro, sí mi propio rostro, pero no se inmutó al verme, y volvió su atención al cuaderno.

 ¿Qué significado tenía eso? me pregunté una y mil veces, pero era en vano.. un guionista con mi rostro, autor de una obra experimental… y ahí fue cuando de la nada escuché unas palabras: “ya llegará el momento, Juan, no desesperes.” Y ahí supe que las cosas cambiarían para mí, que la vida debía ser algo más que poner orden en un viejo teatro, además de llevar la cuenta de los años vividos. Así que tomé un viejo cuaderno y comencé a escribir. Luego de unas horas de sacar palabras de mi mente, como un mago saca conejos de una galera, una historia fue escrita.”.

– ¿Y qué decía esa historia? – le pregunté al mendigo.

– En resumidas cuentas, contaba que la vida, querida amiga, comienza en cualquier lugar, con un argumento ideado en un nivel superior a nosotros, con un grupo de personajes iniciales, que tomamos un rumbo, danzamos y cantamos al ritmo de nuestros corazones, para al día siguiente, encontrarnos con un nuevo argumento, aquel con el cual nuestro guionista espera obtener nuestra mejor interpretación.

– Y la historia se repite día a día, no es así? – pregunté.

– Así es, en todas las plazas del mundo.

– Y dime, has vuelto a ver a John en tus sueños?

– No, no lo he vuelto a ver.

Y en ese momento el mendigo se puso de pie y me tomó de la mano, me incorporé y danzamos juntos hasta que el anochecer de la función se manifestó en luces que se prendieron, y en un fuerte aplauso. Volví mi rostro incrédulo para ver que me encontraba en el escenario del teatro, junto a Juan el mendigo, mientras que quienes pasaban por la plaza, se detenían ahora y miraban al público. Lo mismo hizo Juan, y lo mismo hice yo. Luego ambos vimos a John, el guionista, vestido de oscuro, observando atentamente desde la última fila. Supimos que estaba conforme con nuestra actuación. Sabíamos que al día siguiente nos esperaba un nuevo desafío. Nos tomamos de la mano y sentimos una gran satisfacción. La función había marchado sobre ruedas. John también lo sabía.

 ***

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