Todos/as podemos y debemos dejar de ser especistas

Por favor, tomen un momento para leer este testimonio de un Amigo español, todas/todos podemos cambiar…

“Me crié en el seno de una familia que, como la mayoría de ellas, veía a los demás animales como seres inferiores, como recursos a explotar, sin cuestionarse nunca la legitimidad de lo que hacían con ellos, ni pensar si esos seres a los que diariamente explotaban merecían consideración ética.

Mis padres habían vivido en un pueblo, donde criaban conejos y gallinas, y cada año hacían la matanza del cerdo…
…pero yo nací y crecí en una ciudad, por lo que sólo veía(1) a los demás animales que normalmente allí cohabitan (gatos, perros, gorriones, hormigas, moscas,…). Aún así, durante una de las visitas al pueblo de mis padres tuve mi primera gran relación con un animal no humano. Fue con una burra que “tenía” mi abuelo. Después de comer me iba a la cuadra a hacerle compañía, y sentía mucha ternura al verla allí sola, sin otra vida que la de ser obligada a servir de medio de transporte de cargas pesadas y que- dando recluida entre aquellas cuatro paredes de la cuadra durante horas, días y años, del mismo modo que se guardaban el resto de “herramientas de trabajo”.
Recuerdo mirarle a los ojos mientras acariciaba su cara…
Recuerdo su mirada de resignación, de sometimiento,…
Un año me dijeron que había muerto, sin querer darme más explicaciones. Con el tiempo me enteré de que su muerte fue debida a que mi abuelo se marchó a la ciudad y la burra “se la quedó” un vecino(2) , que al parecer dejó que se muriera de hambre y frío.
Lloré desconsoladamente al enterarme de su muerte, lamentando no haber podido estar a su lado haciéndole compañía, en lugar de morir en la más absoluta soledad entre las cuatro frías paredes de la cuadra, sobre sus excrementos y orines.

Podría parecer que era un niño que respetaba a los animales no humanos, pero en realidad no era así, ya que por aquél entonces fantaseaba con que yo era torero (debido a que mi padre era taurino), jugando con las toallas como si fueran capotes, e imaginándome que “mataba” a los toros tras cuadrarlos (situación en la que el toro apoya sus manos a la misma distancia para que la espada entre mejor y más profunda). Me imaginaba los últimos momentos del toro tras haberle clavado la espada, y no sentía pena o tristeza. El momento final de una corrida de toros lo veía como algo normal ya que había sido educado a ver la agonía del animal no humano como parte de la fiesta, sin connotaciones negativas.
Mi afición taurina sólo quedaba en la fantasía y no producía una afectación para aquellos individuos. Por el contrario sí que provoqué e hice mucho daño a multitud de individuos en mi niñez. Quemé, mutilé, ahogué y aplasté a decenas de insectos (hormigas y moscas). Ahora intento analizar el porqué de mi modo de actuar, y supongo que sería originada por la curiosidad. Lo que recuerdo es la imagen de mi madre acercándose a mí para decirme que íbamos a cenar y aunque veía lo que estaba haciendo no me lo recriminaba. Era la típica y lamentable situación en la que se suele decir que es algo normal de los niños, sin importar lo que estuvieran sufriendo los individuos que habían caído en mis manos. Éste era un ejemplo más de la educación especista que recibía de mis padres, y que a su vez ellos habían recibido de mis abuelos.

Un día mi padre me llevó a cazar. Recuerdo que dentro de mí se crearon una mezcla de sensaciones desagradables al ver que los conejos tenían que huir de mi padre y sus amigos. Me daban pena. Afortunadamente la puntería de mi padre no era buena, pero uno de sus disparos hirió a uno de los conejos. Horas después lo llevamos a casa, donde por primera vez en mi vida vi como mataban a “alguien”. Siempre recordaré la imagen de mi madre asesinando al conejo mediante golpes en la nuca con el canto de su mano extendida, mientras lo mantenía colgado sujetando sus piernas con la otra mano. Fueron muchos los golpes que recibió el conejo, hasta que dejó de moverse… hasta que lo mató.
Me encontraba muy triste ante lo que acababa de presenciar. Me daba pena el conejo que acababan de matar… pero mis padres me tranquilizaron de tal modo que me comí la comida que incluía el cadáver troceado de ese individuo que hacía escasos minutos estaba vivo y había luchado por seguir disfrutando de su vida.
Luego hubo una etapa sin nada que reseñar al respecto, hasta que inicié mis estudios en la Universidad. Entre los estudiantes hice un grupo de amigos/as, y dentro de las actividades lúdicas que realizábamos se encontraba el acudir cada año a las fiestas del pueblo de una compañera. Uno de los festejos que se realizaban allí era el “toro embolado”, de tal modo que con bastante alcohol encima participaba en aquél acto en el que yo era uno más de los que corrían delante del toro, hasta colarme en las barreras para que no me pillara. Nunca olvidaré la situación en la que estando yo detrás de los barrotes, el toro se paró unos segundos frente a mí, a un metro escaso, mirándome mientras le caían las briznas de fuego de las teas que le habían colocado en sus cuernos. “Yo miraba pero no veía”. Era uno más de los integrantes de esa jauría humana, dejándome llevar, sin pararme a pensar en lo que estaba sintiendo el toro, ni en las consecuencias de mis actos.

Esto se repitió durante 3 años, hasta que otra amiga nos invitó a las fiestas de su pueblo, donde en lugar de hacer el toro embolado se divertían usando vaquillas. Aquí se produjo un hecho significativo en mi vida.
En esta ocasión me planteé verlo como espectador desde cierta distancia (no recuerdo el motivo), y eso hizo que pudiera verlo de un modo más objetivo. Observé cómo la gente se reía de la vaquilla, cómo la engañaban haciéndole correr para luego esconderse cobardemente detrás de unas barreras. Desde la distancia vi por primera vez lo que antes no veía… por primera vez vi a un individuo siendo utilizado para reírse y divertirse a costa de él, y me dio pena. Pero, minutos después, lo que terminó de convencerme, fue el hecho de presenciar cómo una señora de edad avanzada mostraba desde su balcón un palo muy largo acabado en un pincho, e intentaba clavárselo a la vaquilla cuando pasaba por debajo. Afortunadamente no lo consiguió, pero por mis mejillas empezaron a caer lágrimas de tristeza ante lo que estaba viendo. Por primera vez en mi vida había empatizado con esos individuos a los que en mi infancia había imaginado asesinando. Lloré de impotencia, y deseé parar todo aquello, pero era consciente de que no podía enfrentarme a aquella gente.
Comuniqué a mis amigos que me marchaba de allí, lo que provocó el enfado de la compañera que nos había invitado, ya que lo consideró como un desprecio a su pueblo. Por primera vez viví la incomprensión al defender a algún animal no humano, y me marché muy triste. Había iniciado mi etapa de antitaurino, aunque pasivamente.
Pasaron los años y un día mi pareja y yo adoptamos una gata recién nacida, porque la madre había tenido cachorros y los humanos con los que vivía no sabían qué hacer con ellos. A los pocos meses decidimos ampliar la familia con otra compañera felina, con la intención de que la primera no estuviera sola en nuestras ausencias por motivo de trabajo. Para ello acudí a una clínica veterinaria donde me mostraron una camada que iban a matar si nadie los acogía en pocos días, y ante mi pregunta de cuál iba a ser más difícilmente adoptable me señalaron a una de ellas, que tenía la mancha de la cara asimétrica (no era teóricamente tan “bonita” como las otras), lo que hizo que me decidiera sin dudarlo por ella.
La convivencia con ellas generó en nosotros una mayor empatía hacia otros animales, lo que posiblemente llevó a que pocos años después decidiéramos dedicar un tiempo a ayudar a los “animales”(3). Nos hicimos voluntarios de la protectora de nuestra ciudad, ya que aún creíamos que los únicos animales que debían ser ayudados eran los perros, gatos, y toros y esta asociación coincidía con nuestro modo de ver la problemática animal. Estuvimos acudiendo todos los domingos y festivos, durante casi dos años, al refugio para alimentarlos, pasearlos, limpiar los recintos donde permanecían los perros y gatos, y realizar las múltiples tareas que nos iban encomendando. Allí pasábamos todo el día, de tal modo que hacíamos un descanso para comer.
En una de esas comidas, ocurrió el hecho que cambió definitivamente nuestro modo de actuar con respecto a los animales no humanos. Una de las voluntarias del refugio era vegana y nos dijo durante la comida, que no era coherente que nos desviviéramos por los perros y gatos mientras nos comíamos a otros animales cada día en forma de bocadillos de jamón o de atún. Recuerdo que reaccioné a la defensiva y le di mil excusas. La conversación fue crispada y mis respuestas fueron algo airadas.
Me había sentido atacado, y por primera vez en mi vida me estaba cuestionando totalmente y en profundidad si me estaba comportando éticamente con los animales no humanos.

Durante la siguiente semana reflexionamos mi pareja y yo sobre lo comentado y nos dimos cuenta de que no era justo que siguiéramos considerando a otros animales como nuestra comida, por lo que decidimos ser vegetarianos.
A partir de ahí vino un proceso de búsqueda de información, para solucionar dudas y miedos a nivel nutricional, y sobre qué y cómo cocinarlo. Además, la coherencia empezó a dictarnos que si habíamos decidido dejar de afectar a otros animales para alimentarnos, también debíamos dejar de utilizar cuero, lana y seda, así como evitar usar productos testados o experimentados en animales no humanos, o dejar de asistir a espectáculos donde sus intereses se vieran perjudicados (zoológicos, acuarios, circos que aún usan a animales no humanos…).
A lo largo del siguiente año nos fuimos dando cuenta de que el consumo de derivados (lácteos, huevos y miel) era, para los animales implicados, incluso peor que consumir sus cadáveres, porque les provocaba mayor sufrimiento (más tiempo de explotación) y finalmente iban a ser igualmente asesinados. Además entendimos el engaño moral del consumo de productos de ganadería ecológica, ya que los individuos siguen estando privados de libertad (aunque las celdas sean más amplias y las condiciones de reclusión sean menos traumáticas) y finalmente, cuando su rendimiento es menor, son también asesinados para vender sus cuerpos troceados.

De modo que unos meses después pasamos de vegetarianos a veganos. Por primera vez asumí lo que significaba no ser especista, intentando llevar una vida que no discriminara a los individuos en función de su especie.

Al tiempo que nosotros evolucionábamos, empecé a ver la total incoherencia de la protectora donde aún era voluntario, y fui consciente de que era triste que los directivos de una protectora “de animales” aún se comieran a sus supuestamente defendidos.

Tras comprobar que el mensaje antiespecista era censurado y no se podía promover adecuadamente desde esa asociación, decidimos salir de ella y, junto con otros/as compañeros/as que pensaban de forma similar, fundamos la ONG “DefensAnimal.org”, donde los principios estatutarios se basan en defender los intereses de TODOS los animales sin importar su especie, promocionando a su vez el veganismo.
Hace unos años dejé mi trabajo de asesor fiscal y contable para poderme dedicar, como voluntario, íntegramente al activismo dentro de esta asociación, ya que soy consciente de que cada segundo que pasa son asesinados más de 3.000 animales no humanos para alimentación humana, y debemos trabajar intensamente para que los demás animales dejen de ser discriminados por el mero hecho de pertenecer a otra especie.

Yo soy sólo uno más de los millones de animales humanos que hemos sido educados para ser especistas y que dejó de serlo cuando vio lo que antes sólo miraba.
Antes sólo miraba los ojos del toro frente a mí, pero no veía el sufrimiento de ese individuo.
Antes sólo miraba cosas que se movían cuando las quemaba, sin ver el sufrimiento y la muerte de aquellos insectos.
Antes sólo miraba el asesinato de un conejo a manos de mi madre como algo que debía ser así, sin ver que no tenía por qué serlo, ya que no es justo que nadie sea asesinado pudiendo evitarse, ya que los humanos podemos obtener todos los nutrientes de fuentes vegetales, y por lo tanto sin perjudicar a ningún animal, humano o no.
Antes sólo miraba la comida que tenía en el plato, sin ver los cadáveres de aquellos individuos que también habían querido seguir viviendo como yo, y que horas o días antes, habían chillado en los mataderos mientras eran rajados de arriba a abajo o mientras morían por asfixia o aplastamiento en los barcos pesqueros.
Antes sólo miraba los ojos resignados de un burro, sin ver que él no tenía por qué ser propiedad de nadie y que, como yo, merecía vivir libre.
Antes sólo miraba lo que ocurría sin ver que yo puedo actuar y no tengo porque resignarme a dejar que esa situación de injusticia se perpetúe.

Todos/as podemos ser veganos/as, y por lo tanto podemos dejar de pedir que los animales no humanos sigan siendo explotados, privados de libertad y asesinados, pero además podemos y debemos alzar la voz en nombre de las víctimas del especismo para reclamar que nadie sea discriminado, y que los intereses de todos los animales sean respetados por igual sin importar la especie a la que pertenezcamos.

Todos/as podemos y debemos dejar de ser especistas… por justicia.”

Luis Pérez García
Presidente de DefensAnimal.org
(http://www.DefensAnimal.org/articulos/todxs_podemos.htm)

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